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Rubén M. Perina, Argentino, Ph.D. en Ciencias Politicas y Relaciones Internacionales de la Universidad de Pennsylvania, Philadelphia, Pa., USA.
Desde 1994 se desempeña como Coordinador de Programas Estratégicos de la Unidad para la Promoción de la Democracia (UPD) de la Organización de los Estados Americanos, OEA.
Ha sido Jefe de las Misiones de Observación Electoral de la OEA en Paraguay, Guatemala, Colombia y Venezuela y Coordinador del Programa de Asistencia al Desminado en Centroamérica.
Ha sido profesor del curso sobre el Sistema Interamericano en la Universidad de Georgetown, en Washington, D.C.; y cuenta con publicaciones como "El Régimen Democrático Interamericano", "La OEA en la Promoción de la Democracia", "Los Congresos del Mercosur en la Democracia y la Integración", "El Estudio de las Relaciones Internacionales en América Latina" entre otras.

 
   
Cultura Política
y Gobernabilidad

 
Rubén PERINA
 

La gobernabilidad en una democracia depende de la cultura política que predomina en ella; o sea, de los valores y las prácticas políticas que prevalecen en la ciudadadanía y en la dirigencia que la conduce.

Por gobernabilidad democrática se entiende como la capacidad de una dirigencia o liderazgo político para cumplir por lo menos tres funciones fundamentales: a) conducir un país democráticamente, en el marco de valores y prácticas democráticas, y en pos de una visión convocante y aglutinante de país; b) contruir consenso, alrededor de esa visión, entre diferentes intereses estratégicos en conflicto; y c) resolver/manejar eficazmente los problemas socio-económicos y los desafíos externos que enfrenta una sociedad -en busca de una sociedad cada vez más libre, justa, segura y próspera. Esa capacidad, sin embargo, depende de la calidad del liderazgo y ésta a su vez depende del tipo de cultura política que predomina en una sociedad.

Toda cultura política contiene valores y prácticas democráticas y no-democráticas (o antivalores). Entre los valores y prácticas democráticas econtramos, etre otros, la justicia, la libertad, la tolerancia, el pluralismo, el compartir del poder, la probidad, la participación, la rendición y petición de cuentas, la transparencia, la solidaridad, la competencia leal, la confianza mutua, el respeto por los derechos ajenos, el respeto por las leyes y reglas de juego, el diálogo político, la negociación, la construcción de consenso, y la solución pacífica y cívica de diferendos y conflictos políticos en una sociedad. Estos son los valores y prácticas que definen, guian y dan sustancia diaria a la vida en democracia. La democracia no es sólo un formalismo constitucional, o un acto electoral (por más importante que éste sea, ya que con él nace y se renueva periódicamente la democracia), sino que es una cultura política, es un estilo de vida

Sin embargo, toda cultura política también contiene paralelamente sus antivalores o componentes y expresiones anti-democráticas, como son la intolerancia, el autoritarismo y la arbitrariedad; la injusticia, la discriminación, la represión y la opresión; el caudillismo, el paternalismo y el servilismo; la corrupción, el nepotismo, el prebendarismo; el cinismo, la apatía y el abstencionismo ("yo no me meto"), la desconfianza mutua y el egoísmo; la intransigencia, la competencia desleal y el fraude; la violación de los derechos humanos, el no-respeto de las leyes y reglas de juego, la violencia política, la impunidad, y otros.

Igualmente, toda cultura política también se conforma de una dirigencia política imbuida de aptitudes y/o de ineptitudes de gerencia política, que determinan la calidad del liderazgo y su capacidad o nó para conducir y administrar políticamente un pais. La democracia no sólo requiere la mera vigencia de las instituciones, los principios y valores democráticos, sino que requiere también de una dirigencia política con probada experiencia y con los conocimientos y aptitudes adecuadas para la conducción y el manejo eficaz (efectivo y eficiente) de los múltiples desafíos políticos, económicos y sociales que enfrentan las sociedades.

O sea, tanto la acción política como la gestión gubernamental hoy día exigen líderes con cualidades que van más allá del carisma, la elocuencia, la alcurnia política y la vocación para hacer política. No obstante la importancia de éstos, la actualidad también demanda lideragos con pericia, conocimientos y con equipos de trabajo versados en las prácticas de las modernas técnicas de gerencia política, como son, por ejemplo, las estrategias y técnicas de comunicación política; las técnicas de negociación y manejo de conflictos; las técnicas de organización y administración gubernamental, las técnicas de organización partidaria; las técnicas para el diseño y uso de encuestas de opinión pública; el manejo de estadísticas y bases de datos; y el uso de la informática y el internet en la política, entre otros.

Tales conocimientos y técnicas influyen cada vez más la actividad política y gubernamental de las democracias modernas. Su aplicación permite conocer mejor la opinión pública y acercar la relación gobierno-ciudadanía; permite una mayor comunicación con la ciudadanía; permite coordinar mejor el diseño y la ejecución de políticas pública y hacer más eficaz la acción gubernamental; permite transparentar la acción de gobierno y facilita el proceso de petición y rendición de cuentas entre gobierno y sociedad.

La antitesis de esto la encontramos en el desconocimiento de estos recursos de generencia política, en la inexperiencia y la improvisación, y en la incompetencia, la impericia o ineptitud para la acción política y la gestión gubernamental.

En la realidad, sin embargo, toda cultura política es una mezcla incierta de los cuatro componentes o expresiones mencionadas: Combinado, por un lado, valores y prácticas democráticas y anti-democráticas; y por otro, mezclando la pericia y la ineptitud política. Pero lo que importa en última instancia es cuáles de estos valores y prácticas predominan en la dirigencia y la sociedad.

En efecto, si en la dirigencia predominan una combinación de valores y prácticas democráticas, así como de aptitud y pericia política, nos encontramos ante un liderazgo de alta calidad. Sólo con un liderazgo de alta calidad, tanto en las instituciones gubernamentales como en las de la sociedad en general, se puede construir la gobernabilidad democrática y una democracia moderna, cabal y sustantiva.

Por otro lado, la vigencia de una dirigencia o liderazgo de alta calidad es una condición imprescindible para el desarrollo y viabilidad de una economía de mercado libre. Esta (ni cualquier otra economía, como sería una de tipo estatista-populista-proteccionista) no puede funcionar cabalmente, ni producir prosperidad para la gran mayoría de la sociedad en un contexto de una cultura política donde predominan los valores y las prácticas antidemocráticas y la ineptitud gubernamental. No es el modelo económico la causa de las crisis políticas y económicas. El problema es el perverso modelo de valores y prácticas políticas predominante. Esta es la verdadera causa de la crisis de gobernabilidad.

Si prevalecen los antivalores democráticos, más la ineptitud y la improvisación en gerencia política, la caliad de liderazgo es baja y la gobernabilidad entra en estado de crisis. En este caso, la dirigencia tiene una muy baja capacidad para resolver/manejar adecuadamente los problemas/conflictos políticos, socioeconomícos, financieros, nacionales e internacionales de un pais. La inestabiliad, la inseguridad y la desconfianza reinan en la política y la economía La dirigencia política pierde credibilidad y legitimidad, y el país termina envuelto en una una crisis de gobernabilidad.

La tesis aquí propuesta no trae consigo soluciones simples ni de corto plazo. Promover, estimular y lograr el predominio de valores, creencias, actitudes, comportamientos y prácticas políticas y democráticas en la dirigencia política es un proceso de socialización complejo y de largo plazo, casi generacional. La cutura política de una dirigencia política es el reflejo de la cultura cívica que predomina en una sociendad, y en su dirigencia cívica, empresarial, laboral, deportiva, etc.. Por lo tanto, el proceso de socialización de valores y prácticas democráticas debe comenzar desde "abajo" y temprano en la vida. Es un proceso que requiere impulsos en varios frentes, y se genera esencialmente a través de agentes socializantes o formadores de opinión y valores, como son la familia, la escuela, la universidad, los medios de comunicación, las organizaciones de la sociedad civil, los sindicatos, los partidos políticos y la instituciones políticas. A corto plazo, sin embargo, son precisamente los líderes cívicos de estos sectores los que tienen la gran responsabilidad no sólo de pensar y diseñar las políticas que promuevan el aprendizaje, la apropiación, el conocimiento y el ejercicio efectivo de esos valores y prácticas democráticas (proceso de socialización) sino que también tiene la responsabilidad de practicarlos día a día.
 

 
 
 
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